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La importancia de poner límites a temprana edad

Desde que nacemos establecemos con nuestros progenitores un vínculo de apego necesario para construir nuestra personalidad y evolucionar hasta llegar a convertirnos en sujetos independientes, libres y productivos.

Los primeros vínculos se desarrollan dentro del ámbito familiar ya que el primer contacto con un otro ajeno a nosotros se establece con quien nos alimenta, nos cobija y satisface nuestras necesidades básicas.

Antes de comenzar el desarrollo de este breve artículo, es importante aclarar que cuando se menciona a la madre o al padre se hace referencia a figuras maternas o paternas, es decir, a cualquier adulto que cumpla esas funciones.

Jaques Lacan (Psicoanalista francés) define al niño como un sujeto inacabado. ¿Por qué lo define de esta forma? Porque el ser humano al nacer depende para sobrevivir de la asistencia de un otro que le provee.

Este primer vínculo es simbiótico, no podemos diferenciarnos de aquel que nos brinda todo lo necesario para sobrevivir.

A medida que pasan los años, el niño evoluciona separándose cada vez más de aquel que lo cobija hasta que logra su total independencia. Este proceso es largo y doloroso tanto para los padres como para el niño. Conlleva una serie de pérdidas necesarias pero no por eso menos dolorosas.

En los primeros 5 años de vida del niño, la protección, el cuidado y el amor son actos que favorecen la construcción de una personalidad fuerte y a la vez flexible que le permitirá transformarse en un sujeto independiente, dueño de sus decisiones, de sus fracasos y sus logros. En resumidas palabras en protagonista de su vida. El exceso o escasez de estos cuidados suelen ser perjudiciales aunque no determinantes ya que sobre el sujeto influyen múltiples factores, algunos de carácter constitucional y otros ajenos a él, que pueden reparar los desequilibrios provocados por una falla en la función de la o las personas encargadas de favorecer un apego seguro.

Desde el nacimiento, los cuidados y muestras de afecto deben entrelazarse con pequeños actos que denoten la puesta de límites a los reclamos y pedidos del bebé. Cuando la mamá, o cualquier sustituto que cumpla su función, le provea el alimento, en un primer momento hasta que el niño se familiarice con el cuerpo de la madre y mejore su capacidad de succión lo hará con mayor frecuencia y respondiendo a los pedidos del niño, es decir, sin límites. Sin embargo, a medida que pasen los días será la madre la que determine los tiempos aprendiendo a diferenciar el hambre emocional del hambre biológico.

El hambre emocional es repentino, desmedido, desordenado y no responde a ninguna necesidad biológica. El hambre biológico, por el contrario, es paulatino, progresivo, ordenado por los ritmos biológicos que lo activan.

Estas primeras frustraciones que el niño debe enfrentar cuando sus demandas no son respondidas, no poseen un carácter negativo, por el contrario, lo preparan para enfrentar los obstáculos que a lo largo de su vida deberá sortear.

En caso de que el no, que frustra, no esté presente desde los primeros meses de vida favorecerá el desarrollo de personalidades débiles o en su extremo omnipotentes, que no puedan asumir las dificultades, transformándolas en herramientas que les permitan crecer, evolucionar y fortalecer su personalidad.

Los límites se aprenden. Son los adultos responsables del niño los encargados de enseñarles los límites de forma paulatina pero firme. Cuando el niño transgrede las normas está intentando percibir hasta donde puede llegar su libertad para obrar sin dañarse ni dañar a los demás, y es función del adulto la de guiarlo y marcarle el límite en su accionar.

Amar no es dejar hacer por el contrario amar es limitar.

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